Con casi 2 millones de turistas al año, la ciudadela de Carcasona es uno de los puntos neurálgicos de la Edad Media en Europa que aún pueden visitarse. Al pasear por las callejuelas que llevan hasta el castillo condal se recorren casi cinco siglos de historia, desde los que dieron poderío a Carcasona hasta los que produjeron su declive, para finalmente renovarla a finales del siglo XIX. En la actualidad, nos ofrece una visita de lo más pacífica, reservándonos unas vistas excepcionales de los paisajes pirenaicos.
 
 

Vista desde la lejanía de la autopista podría parecer un decorado de cine, tratándose de un conjunto escrupulosamente cuidado. La Ciudadela de Carcasona es, hoy en día, uno de los testimonios más hermosos de ciudad fortificada que siguen en pie.



La historia de la ciudad se confunde desde tiempos inmemoriales con la de las fronteras, y es que, tras la caída del Imperio Romano, esta cayó bajo dominio visigodo, convirtiéndose en ciudad fronteriza al Norte de Septimania.
Durante la Edad Media perteneció a la familia de los vizcondes de Trencavel pero, en 1209, tras la cruzada impulsada por el Papa Inocencio III contra los cátaros y sus aliados, la ciudad se vio asediada por las tropas de Simón de Monfort.
 
Tras la recapitulación del vizconde Raimundo Roger Trencavel Carcasona pasó a manos de Monfort y, más tarde, del rey de Francia. A partir de 1226, con la creación de la senescalía real, se iniciaron importantes obras para fortificar el castillo, en las que se construyó la segunda línea de murallas defensivas.
Fue entonces cuando la ciudad adquirió la fisionomía que conocemos.

 

El castillo alberga una guarnición permanente y, a finales del siglo XIII, Carcasona se convierte en fortaleza real y ciudad fronteriza entre los reinos de Francia y Aragón. Sin embargo, tras el Tratado de los Pirineos (1659), la frontera se desplazará hacia el Sur y Carcasona perderá su razón de ser militar, viéndose relegada a ciudad de segunda categoría bajo el 1er Imperio.
 
La inversión posterior fue mínima y la ciudad sufrirá un acusado declive hasta la Monarquía de julio, que se encargará de restaurarla mediante las obras dirigidas por Eugène Viollet-le-Duc, quien le devuelve algo de su esplendor del siglo XIII. Desde el año 1997 se encuentra inscrita como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.