Castillos, iglesias, fuertes, murallas, ciudades fortificadas, museos... los Pirineos rebosan un patrimonio que recita las historias de la cordillera al son de la historia de Francia. Ejemplo de ello son Montaillou, que el historiador Emmanuel Le Roy Ladurie escogió como prototipo de la sociedad medieval, y el fuerte de Pourtalet, vergonzoso recuerdo del régimen de Vichy.
 
 
Entre los castillos más notables destacan el de Foix, construido probablemente en el siglo X para alojar a los condes de los Pirineos, como el célebre Gaston Fébus ;
 

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el castillo medieval de Pau, que vio nacer, en 1553, a Enrique de Navarra, futuro Enrique IV, los famosos castillos cátaros, como el de Montségur, en equilibrio sobre el Pog, las ruinas de Peyrepertuse, que echa el ojo al torreón de Quéribus, y todos los demás: Puivert, Puilaurens, Aguilar, centinelas fantasmas…
La inigualable Ciudad de Carcasona, feudo de la familia Trencavel y el castillo de Saint-Savin, que se convertiría en residencia del Príncipe Negro durante la Guerra de los Cien Años.

Además, hay multitud de ciudades y pueblos fortificados, como Saint-Lizier y su famoso Palacio de los Obispos o Camon, en Ariège, del que se cree que fue Carlomagno quien ordenó su construcción; Carla Bayle languideciendo sobre su colina, como una isla en medio de un océano de verdor y Navarrenx, que vio pasar a Franz Liszt...

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En cuanto al patrimonio religioso, la lista es igual de larga, incluyéndose las abadías de San Martín del Canigó y de San Miguel de Cuixá, el priorato de Serrabona, en los Pirineos Orientales, la abadía de Escaladieu y el patrimonio de la ciudad de Lourdes, en Bigorra, así como la catedral de Oloron-Sainte-Marie y su Puerta de los Agotes, inscrita como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Y no podría faltar, instalada sobre su cerro, la imponente catedral de Santa María de Saint-Bertrand-de-Comminges, dominando los restos de la antigua ciudad romana de Lugdunum Convenarum, una de las más grandes de la antigua provincia. La catedral se construyó entre 1083 y 1352, por iniciativa de Bertrand de l'Isle, que se convertiría en Saint Bertrand y, más tarde, del futuro Papa Clemente V. Imposible pasar por alto, junto a ella, la basílica de Saint-Just de Valcabrère.