El rebeco es el animal por excelencia de los Pirineos y forma parte de las 4000 especies salvajes registradas en la cordillera. Se le puede observar con facilidad en multitud de valles, contrariamente a lo que ocurre con el muflón, mucho más discreto. En cuanto al oso, con un futuro cada vez más amenazado, da más que hablar que oportunidades de verlo.
En los años 60 la supervivencia del rebeco (Rupicapra pyrenaica) se encontraba en peligro debido a la caza excesiva.
 

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Pero la política de protección de la especie, impulsada por el Parque nacional (1967) permitió, al menos en parte, frenar su desaparición.
 
Hoy hay unos 5000 ejemplares registrados.
Estos mamíferos viven en manada y son fácilmente observables entre 800 y 2500 m, especialmente en las reservas del Valier y de Orlu, o incluso alrededor del Ossau o de Pont d'Espagne, cerca de Cauterets.
 
Otro animal endémico de los Pirineos es el desmán o almizclera, que vive en los torrentes y que, desde hace algunos años tiene su propio plan nacional de protección.
 
La situación es mucho más problemática para el urogallo, objeto de caza en varios departamentos y que debe su preservación únicamente a las actividades realizadas por el Parque nacional, una suerte que no tuvo la cabra montesa pirenaica, que vio desaparecer a su último ejemplar a finales del siglo XX.
 
Buitres leonados, quebrantahuesos barbudos, águilas reales o de Bonelli, lagopus, águilas culebreras o alimoches son algunas de las especies de pájaros que pueden observarse en los cielos pirenaicos.
Todas han sido objeto de políticas de protección, gracias a las cuales se ha podido mantener, incluso incrementar, su número.
 

 

El oso es, por su parte, objeto de una política de reintroducción desde 1996 que no puede asegurarle un futuro sin amenazas en la cordillera que fue su cuna.
Se cree que el número de osos pirenaicos debe estar en torno a los veinte, un umbral totalmente insuficiente para garantizar su supervivencia.
 

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Más feliz es la historia de la marmota, reintroducida en los Pirineos a inicios de los años 50, que ha colonizado toda la cordillera, para alegría de los senderistas que adoran escuchar los silbidos de estos pequeños roedores.
 

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