En un aspecto puramente geológico, los Pirineos se extienden hacia el Norte hasta la cuenca aquitana, al Sur hasta la cuenca del Ebro y al Oeste hasta las sierras de la Cordillera cantábrica. Los Pirineos son una cordillera joven, en la que las cimas más altas se componen de rocas muy antiguas. La cadena montañosa ha heredado un pasado geológico que, tras una primera montaña, vio aparecer un mar. Y es que los fósiles encontrados entre los restos sedimentarios confirman que antes de la montaña vino el mar.
Si bien los Pirineos son una cordillera joven (de unos 40 millones de años), nacida de la colisión de las placas española y europea, también son el resultado de 500 millones de años de modelado de paisajes.
 
El macizo está compuesto por rocas milenarias, creadas a partir de sedimentos fósiles durante cientos de millones de años.
 

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El estudio del perfil calcáreo de estas rocas permite conocer con más detalle las evoluciones climáticas de la zona y, nos hace pensar que puedan haberse formado en un entorno tropical.
 
En lo más alto vemos que predominan rocas milenarias.
 
En la zona occidental abundan las capas calcáreas, lo que explicaría la multitud de grutas y de entornos kársticos que encontramos, mientras que la parte oriental está fundamentalmente compuesta por granito y gneis, así como el centro de la cordillera.
 
 

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La reciente erosión de los glaciares (hace 1 millón de años) dio forma a los relieves actuales, con los amplios valles de Norte a Sur, típicos de la cordillera, los circos y la multitud de lagos, que proceden, en su mayoría, de antiguos glaciares.
 
Esta erosión fue también la fuerza que disolvió las piedras calizas y comenzó a horadar los paisajes de las profundas fosas, como por ejemplo, las columnas basálticas o chimeneas de hadas de Ille-sur-Têt, nacidas de la erosión sufrida por estas rocas sedimentarias durante cuatro millones de años.