Ya sean catalanas, bigourdanas, ariegenses o vascas las casas pirenaicas son todas diferentes. Y, sin embargo, en todos los casos representan la piedra angular de la familia, su identidad y el reflejo de la organización social. Para construirlas se hacía uso de la riqueza local: madera, pizarra y laja. Aún en la actualidad pueden verse restos de estas antiguas casas construidas por los pastores en los prados de montaña.

El etxe, la casa de los vascos, es mucho más que un lugar de residencia, es el símbolo de la organización familiar y social. De hecho, designa no solo a la familia, sino también a su cabeza, el etxekojaun, que transmitía su "función" al primogénito, dejándole la casa en herencia. Así, podemos ver que, en los Pirineos la casa tiene tanto un valor simbólico como útil.

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Durante mucho tiempo la madera fue el denominador común de todas las casas pirenaicas, ya fuera para pasillos, fachadas laterales o frisos recortados; era el material ineludible, desde la casa campesina a la residencia termal.
 
No obstante, la residencia tradicional difiere en función de los valles, de la altitud y de la exposición al sol, añadiéndosele el canto rodado o el ladrillo.
 
Los materiales locales, como la pizarra, se usan en techos que, a más altitud más inclinados se construyen, para permitir la evacuación de la nieve.
 
De esta forma se distinguen tres grandes grupos arquitectónicos por zonas: el País Vasco, de Béarn a Ariège, con sus granjas típicas de madera y pizarra y Cataluña.