Las cuatro estaciones de los Pirineos

Invierno blanco, primavera verde, verano dorado y otoño ocre... Arthur Rimbaud habría podido declinar su famoso poema con los colores pirenaicos. Si las estaciones se visten de color, ahora también traen un buen puñado de actividades bajo el brazo; desde el final de la trashumancia, a inicios del otoño, hasta las carreras saltarinas de los rebecos en primavera: Los Pirineos rebosan vida durante todo el año y dejan que cada cual escoja su estación.

Todos conocen los encantos hibernales de los Pirineos y la variedad de actividades que ofrecen, desde el esquí en sus múltiples estaciones, hasta la escalada en hielo para los más expertos, pasando por todo tipo de descensos en nieve: senderismo sobre raquetas o, incluso, paseos familiares en trineo.

Pero también se pueden disfrutar en verano, con su multitud de rutas de senderismo, entre las más frecuentadas de Francia. Sin embargo, las actividades pirenaicas no podrían resumirse en estas dos estaciones principales:
 

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Los Pirineos viven todo el año.

En otoño, vale la pena verlos engalanarse de rojo, dando la bienvenida a este verano indio sin parangón.
 
Es la época maravillosa de las setas, entre las que se encuentran los boletus, los rebozuelos, los níscalos (también llamados robellones) , las morillas o las setas de San Jorge. El recuerdo inolvidable de los perfumes del sotobosque es casi tan intenso como el de una buena comilona, degustada con alegría, en algún restaurante de Saint-Savin.
 
El otoño trae, asimismo, esos momentos únicos de unión con la naturaleza, en los que podemos escuchar el bramido de los ciervos en el valle de Louron o de la Barousse o espiar a las manadas de ciervas.
Para los vascos, esta es la estación de la "fiebre azul", la que trae consigo a las palomas torcaces, a las que se puede cazar en sus palomares o con redes cuando alzan el vuelo, con ese estilo que asemeja la caza a la pesca en alta mar.
Todos estos esfuerzos para poder darse el capricho de degustar, por la zona de Saint-Palais, una buena paloma a la brasa al estilo capucin o un sabroso salmis.
 

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Durante la primavera, cuando el agua del deshielo de los glaciares alimenta los cursos de agua, los Pirineos se convierten en el paraíso de los pescadores de truchas.
 
Quien no ha pasado nunca un día entero en las orillas de un torrente o junto a un lago luchando contra estos incansables peces no puede entender la alegría de vencer esta lucha, en la que a menudo todos ganan, pues en la mayoría de los casos se devuelve el pez al agua.
 
Otros preferirán observar el despertar de los animales tras el largo periodo de hibernación: en el circo de Troumouse las marmotas bromistas; en Néouvielle, Orlu, los rebecos, en Aste-Béon los buitres leonados y en el macizo de Carlit los muflones, que pierden su pelaje de invierno para recordarnos que una nueva estación acaba de comenzar.