Los puertos míticos del Tour de Francia

A menudo se finge que la historia se alimenta de leyendas, pero en la relación del Tour de Francia con los Pirineos es exactamente al contrario; fue la leyenda la que se alimentó de la mítica carrera en los puertos pirenaicos. Portet d’Aspet, Tourmalet, Aspin, Aubisque, Marie Blanque, Peyresourde, Puymorens, Plateau de Beille… Algunas de las páginas más hermosas del Tour de Francia se han escrito en los Pirineos.
1910. Con motivo del séptimo aniversario de la competición los organizadores del Tour deseaban ofrecer nuevas sensaciones. Henri Desgranges, creador de la carrera, buscaba la forma de introducir los puertos de los Pirineos en el programa de la competición.
 

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Para ello, envió a sus colaboradores a una visita de campo y el informe que redactaron era poco menos que apocalíptico: no había carreteras, las fieras salvajes campaban a sus anchas, los lugareños no hablaban francés...
Sea como fuere, el 19 de julio los ciclistas se aventuraron por primera vez a ascender el puerto de Port, Portet d'Aspet y el puerto de Ares, en la etapa Perpiñán-Luchon (289 km).
Al día siguiente se dieron cita a las 3:30 de la mañana para regresar a Bayona; una etapa de 325 km y el descubrimiento de los gigantes pirenaicos: Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque. En el Tourmalet, el vencedor de la jornada, Octave Lapize, puso pies en tierra porque la pendiente era demasiado dura, tuvo que tirar la toalla.
Misma situación en Aubisque, dónde subió a pie lanzando a los organizadores un grito de odio: "Sois unos asesinos." Catorce horas después se coronó vencedor en Bayona.
Fue entonces cuando se forjó la leyenda de los Pirineos y del Tourmalet.
Y los capítulos se fueron escribiendo unos tras otros, algunos dramáticos, como la caída mortal del italiano Fabio Castelli en el descenso de Portet d'Aspet, en 1995 o el de Luis Ocaña y su abandono en el puerto de Mente, en 1971; algunos heroicos, como cuando, en 1913, el ganador, Eugène Christophe, que había sido vencido en el Tourmalet, tuvo que llegar hasta Sainte-Marie-de-Campan para forjarse su propia horquilla o cuando, en 1934, René Vietto cedió su rueda delantera a su compañero de equipo Antonin Magne, que había caído en el descenso del Puymorens; algunos magníficos, como la cabalgata solitaria del joven Eddy Merckx, en 1969, que llegó al Tourmalet 8 minutos antes del segundo, o incluso la victoria de Amstrong, en 2003, tras la caída que sufrió al inicio del ascenso hacia Luz-Ardiden o, porqué no, la de Marco Pantani, cuando se puso la meta por primera vez en el Plateau de Beille, en 1998.
 

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El Tour y los Pirineos, 
viven su pasión desde hace más de 100 años.