Pregunte a un pirenaico de dónde viene y verá que siempre especifica su valle, donde se encuentran sus raíces. Aunque la mayoría de los valles tienen orientación Norte-Sur algunos se diferencian por su trazado rebelde, que solo se muestra en rutas de senderismo. En cuestión de valles los hay para todos los gustos, tanto para el amante de los pueblos con encanto y de las estaciones de esquí como para el ermitaño y el amante de la naturaleza.

Todo el mundo conoce a los famosos: en Béarn, el valle de Ossau, que diferenciamos generalmente entre bajo y alto, y el de Aspe, que fue objeto de una épica batalla durante la excavación del túnel de Somport; en Bigorra el de Aure, célebre por sus estaciones de esquí, el de Louron, que ha sabido conservar su medio ambiente o, incluso, los de Campan o Marcadau; un poco más alejado se encuentra el valle de Lys, que se enrosca sobre Luchon; los valles de Bethmale, con sus pequeños lagos suspendidos y el gran valle de Ax, en Ariège; más al Este el alto valle de Aude, con sus dimensiones de Colorado francés y los risueños valles catalanes, como el florido valle de Eyne o el de Têt, con sus conocidas columnas basálticas.

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Otros han transformado su nombre propio en nombre común, en una especie de metonimia, como ocurre con la Barousse, famoso por sus quesos, el Vicdessos y su violenta memoria o el Capcir, a medio camino entre valle y meseta.

 

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Los últimos, para concluir, aprovechan su intimidad, como el de Lesponne. Con su orientación Este-Oeste se baña con las aguas de los manantiales de Adour y oculta lagos de color azul intenso, por no mencionar el Valle de Aldudes, que desemboca en una ilusión histórica, el Quinto Real o incluso el valle de Outil, un remanso de paz entre techos de pizarra. También está el valle de Ustou, tan cerca de Guzet y, sin embargo, tan alejado en el tiempo, sumergiéndose en el pasado. Y sin olvidar la cantidad de valles que no saben de GPS y en los que el itinerario se transmite solo entre iniciados.
 
 
 
Los Pirineos esconden no pocos secretos.