Las minas de hierro de Canigó o de Ariège, las explotaciones forestales a lo largo y ancho de la cordillera, las canteras de mármol de Haute-Garonne, Altos Pirineos y Béarn, las de pizarra en Bigorra, el talco en Luzenac... La explotación del bosque y el subsuelo es, desde siempre, una realidad de la economía de los Pirineos. En la actualidad, solo los sectores de la madera y del talco continúan en pleno apogeo.
 
 
La que en la actualidad es una de las rutas de senderismo más apreciadas por los excursionistas fue, hace 300 años, el escenario de una labor agotadora e inhumana para explotar el bosque de Pacq, cerca de Urdos.
Un sendero recortado en la montaña para poder transportar árboles enteros hasta el océano.
 
La marina real necesitaba mástiles para sus barcos y el rey Luis XIV envió a los marineros a buscarlos en los Pirineos.
 
Desde entonces, la explotación de los bosques continúa siendo un recurso importante de la cordillera y un saber hacer reconocido en sus lugareños, especialmente los leñadores y estibadores del País Vasco y Ariège.
 

 

El sector maderero sigue siendo un actor fundamental de la economía pirenaica y varios organismos ofrecen cursos de formación en los diferentes oficios vinculados a este material.
 
Por otra parte, la explotación de la pizarra de los Pirineos, antaño boyante, especialmente en Labassère, se limita en la actualidad a tres canteras.
 
Sin embargo, a finales del siglo XIX la pizarra de Bigorra gozaba de gran prestigio en toda Francia, y se usó, entre otros, para la techumbre del Capitolio de Toulouse o la restauración de la Ciudad de Carcasona por Viollet-le-Duc.
 
El mármol pirenaico también tuvo su momento de gloria, utilizándose en las columnas del Palacio Garnier de París o en el Empire State Building de Nueva York. En aquella época, los principales proveedores de los 120 tipos de mármol de los Pirineos que se pueden descubrir en el Museo del Mármol de Bagnères-de-Bigorre eran Sarrancolin, Arudy y Saint-Béat.