De Argelès-sur-Mer, en la región de Rousillon, a Cap de Creus, en Cataluña, la costa Bermeja, costa rocosa, escarpada y salvaje, acompaña a los Pirineos en su viaje hacia el Mediterráneo. Bordeando la cordillera de Albères, nuestro periplo concluye en Cap de Creus, el extremo más oriental de la cordillera, donde los Pirineos y el Mediterráneo se unen en un último viaje. El parque natural de Creus está clasificado como reserva natural.
Todo empieza, o casi, en una playa de encantos añejos, como sacada de un folleto de imágenes dedicadas a las vacaciones veraniegas.
 
En Argelès-sur-Mer, esta playa de Racou nos promete un viaje en el tiempo de ocho siglos, cuando desde la cima de la torre Madeloc podíamos entrever, a 650 m de altura, esa cordillera de Albères, la parte más oriental de los Pirineos..
 


Desde ahí se atraviesa Colliure, tan cerca de Albères que podrían rozarse, soñando con el extraño buzón que, en el pequeño cementerio, aún recibe cartas para el poeta Antonio Machado, enterrado en este lugar. Aquí se comprende, observando la luz fugaz del mar reflejando la montaña, porqué Matisse y Derain inventaron el fauvismo.
Siguiendo la ruta de los acantilados, suspendidos entre cielo y mar, hacemos una parada en la Bahía de Banyuls, donde nos encontramos con senderistas exhaustos, pero profundamente felices que, con los pies en el agua, no encuentran palabras para expresar sus emociones y describir los paisajes que acaban de atravesar a lo largo de la GR10 que, al igual que los Pirineos, se desvanecen entre las olas.
 
 
A unos pocos kilómetros se encuentra Cerbère, señalando la frontera tan cargada de historia que marcó la Retirada, el exilio de los republicanos españoles. Un poco más al oeste, en el Cap de Creus, se perciben los Pirineos hundiéndose en el Mediterráneo, como buscando un último viaje submarino, y es ahí donde reside el encanto de nuestra cordillera, en ese compañerismo con el océano y el mar.
 
Y es que los Pirineos son también una cordillera de oleajes